¿A quién le importa lo que comes?

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Para bien o para mal, nunca antes se ha debatido y hablado tanto sobre la influencia de la alimentación. Todos los periódicos y revistas están repletos de artículos sobre los factores que integran una alimentación saludable, así como también colmados de indicios sobre el deterioro y las consecuencias de una sociedad con mala nutrición.

Sin embargo parece ser que entre más se evidencia el problema, menos cerca estamos de encontrar una solución integral. Los profesionales de la salud se encuentran cada día más perdidos ofreciendo criterios fraccionados y los gobiernos han perdido el control, ahogados en leyes y normativas que confunden aún más.

La comida a la que tenemos acceso es tóxica, deficiente en nutrientes, o simplemente mal procesada. Se encuentra llena de herbicidas, fungicidas, pesticidas, e incluso irradiadas con cobalto en algunos casos.

A esto aunamos la pésima educación que recibimos sobre el consumo y la preparación apropiada de los alimentos, la confusa corriente de publicidad de productos empacados y la creciente ola de la comida chatarra servida al instante.

Pero “en río revuelto, ganancia de pescadores”. La salud se ha convertido en un negocio donde el bienestar no tiene terreno. Nos encontramos en un mundo globalizado donde la medicina “moderna” es dirigida ciegamente por especialistas, académicos, jueces y practicantes de la medicina, todos serviles en su discurso al poder farmacéutico o industrial, quienes por su lado no quieren curar sino hacer dinero.

Nos encontramos entonces una medicina basada en medicación para tratar la enfermedad en vez de una que propone vitaminas para fortalecer el sistema inmunológico; promoviendo una concepción que utiliza una droga por cada malestar en lugar de una terapia a nivel nutricional; con una costumbre de ingerir una pastilla para cada dolor, en vez de concientizar que no se puede curar selectivamente; afirmando el concepto de atacar una enfermedad donde debería imperar la idea de potenciar el mecanismo sanador y natural del cuerpo.

Educación y consciencia

Hay que enseñar cómo mantenerse sano. Es necesaria una “terapia nutricional” a nivel individual y colectivo. Es urgente promover y apoyar el cultivo de alimentos que se puedan consumir frescos con su valor nutricional completo. Aprender a consumir ante todo alimentos vivos y crudos, en vez de cocidos,  procesados o sustitutos.

Recordar que nuestro cuerpo es completo y capaz de auto-curarse, si le proporcionamos los nutrientes y recursos correctos. Somos una máquina perfecta que de estar bien, no necesitaría tratamientos.

Acordarnos que hay plantas con propiedades curativas: anticancerígenas, antivomitivas, antináuseas, para el cansancio, el dolor de cabeza, que pueden evitar el uso de drogas nocivas.

Debemos regenerar la industria agrícola, eliminando la aplicación de agroquímicos. Razonar que el mal manejo de los suelos los vuelve deficientes, lo que trae enfermedades en las cosechas, plagas y finalmente desertificación.

Aceptar que el sistema actual no está funcionando y que nos está enfermando. Así mismo buscar un equilibrio entre nuestra salud y la salud del planeta donde vivimos, integrando un balance que nos permita una calidad de vida basada en bienestar.

Conclusión

Sabemos que nuestra salud cuelga de un negocio próspero de industrialización, que no está precisamente interesado en nuestro bienestar. Sin embargo, aún está en nuestras manos la responsabilidad y decisión de lo que comemos y enseñamos. De lo que exigimos y compramos, así como de lo que apoyamos o destruimos.

Debemos cambiar la forma en que interactuamos con el mundo. La principal forma es la agricultura, hasta ahí llega la influencia de la decisión. La estrategia principal de prevención ha de ser la nutrición.

Esto no limita nuestro libre albedrío, pero nos permitiría mejorar nuestra especie. Solo es necesario hacer consciencia y realizar un cambio correcto.

Se trata de un estilo de vida, un camino en que la responsabilidad es de cada uno.

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