Los sobrevivientes de la educación del siglo XX

Recientemente leí un artículo que hacía referencia a las tendencias de educación y crianza de los niños en el siglo 21. Una perspectiva moderna que fomenta la creatividad y la recreación basados en la tecnología y prácticas seguras, sepultando así las costumbres formativas del pasado.

Concluí del texto que todos los que nacimos el siglo pasado, somos en realidad una especie que evolucionó en medio de enormes desafíos. Y es que las nuevas generaciones, no podrían imaginar las cosas peligrosas que tuvimos que enfrentar para llegar vivos a este siglo.

Con tan sólo tres años de edad, yo comía tierra, atrapaba lombrices en el huerto o descalzo correteaba las gallinas por el solar. Cuando hacía mucho sol sacaba renacuajos del arroyo, o si llovía, jugaba debajo del piso de madera donde muchas veces quedé dormido sobre la hojarasca maloliente de la cabra. No importaba que tan mugriento terminaba, mi madre me bañaba con baldes en el lavadero antes de enviarme a la cama.

Con el tiempo hice amigos y con ellos se extendió el radio donde podía jugar sin ser monitoreado. Corríamos y brincábamos descalzos como liebres entre los charcos, barreales y potreros. Para saciar la sed tomábamos agua de la manguera o del grifo donde se lavaban los limpia pisos, porque no existían las botellas de agua mineral.

Cuando aprendí a andar en bici no existían los cascos ni menos las rodilleras. Una que otra vez tuve que levantarme del suelo, secarme las lágrimas y limpiarme los raspones: “Eso no es nada” me decía mi madre al tiempo que me ayudaba a intentarlo de nuevo “si no se cae, no aprende” – concluía.

Si teníamos la suerte de viajar en un vehículo, no había cinturones de seguridad, ni bolsas de aire; y la verdadera experiencia era poder viajar atrás en el cajón sin ninguna protección.

No teníamos toboganes ni parques de juegos, sino que construíamos descensos improvisados en algún barranco y a punta de baldes de agua nos deslizábamos una y cien veces creando verdaderos canales de diversión hasta terminar con las nalgas raspadas y adoloridas. No existía un código para calificar cuanto nos podíamos ensuciar y aunque era seguro una reprimenda por el estado de las prendas, al fin del día no había resentimientos y nadie se quedaba sin cenar.

Construíamos patinetas con ruedas de roles y nos lanzábamos por las calles en bajada impulsados a toda velocidad hasta terminar sembrados en algún paredón, evitando volcarnos en el camino, pues no teníamos frenos. Horas y horas de práctica nos enseñaban a resolver los inconvenientes viales para evitar volver a casa con un brazo roto o las rodillas ensangrentadas. Si por alguna remota casualidad alguno sufría un accidente inesperado, como una fractura, a su regreso del hospital recibía un trato preferencial de viajar acompañado en los descensos. Quedarse guardado en casa, nunca era una opción.

Para esos días la escuela terminaba al medio día, por lo que llegábamos a tiempo para almorzar, ayudar con los quehaceres y terminar la tarea. Justo después y nunca antes de los deberes, podíamos salir a jugar con la condición de volver antes del anochecer.

Obvio que, al no tener celulares, nadie nos podía ubicar y aunque no éramos inocentes, tampoco había interés en irrespetar la autoridad. Y es que si mi madre decía “no sale” no había poder sobre la tierra que la hiciera cambiar de opinión y no había peor castigo que no poder salir a jugar.

Si por consecuencia de la curiosidad o la rebeldía, “merecía” un castigo, no había forma de escapar y entre más pronto sucediera mejor. Por alguna razón inexplicable, uno quedaba petrificado hasta recibir el correctivo. Eran momentos de absoluto terror, pero pasado el escarmiento psicoterapéutico de la chancleta, el cinturón o un jalón de orejas, todo era cuestión de tiempo para poder volver al campo de juego con la prole.

En esos días nadie juzgaba los procesos disciplinarios de los superiores (padres, abuelos, tíos o cualquiera en calidad de responsable), ni tampoco se pronunciaban los derechos de los niños, ni menos existía una organización que interviniera. Simplemente uno no amenazaba a los padres por agresión ni los retaba por sus decisiones, sino que evitaba a toda costa darles razones para que ellos la expresaran. Quizás algunos casos fueron un poco desmedidos, pero no conozco a nadie que terminara traumado por un castigo y puedo decir que yo en verdad me los gané todos.

Al fin, si alguien se caía, se raspaba, se quebraba un diente, nadie pensaba en una demanda o una querella con los vecinos pues nadie tenía en si la culpa. “El que juega aguanta” … ese era el lema, pues el que ponía la queja, por lo general era el primero en ser castigado. Por ello era un caballero el que ofrecía disculpas primero y un tema de valientes el superar el asunto.

No teníamos computadores, consolas de video, celulares, películas en DVD, televisores de 180 canales ni mucho menos internet. Sin embargo, nadie se aburría. Éramos grandes deportistas con ropa sencilla y no usábamos bloqueador solar ni repelente de insectos. Caminábamos por todos lados sin miedo imaginando todo tipo de aventuras, nos bañábamos en el río, nos trepábamos en los árboles, salíamos a dar unas vueltas en bicicleta. Jugábamos pelota, tocábamos timbres para salir corriendo, nos reuníamos a jugar canicas en el patio de algún vecino, afinábamos la puntería con las piedras del camino o competíamos a escupir más lejos, pero es que en verdad la diversión era inagotable. Incluso atrapar lagartijas, ahogar insectos o espulgar al perro tenía su encanto.

Tampoco existía el estrés ni se había inventado el bullying. Los desacuerdos se negociaban con respeto, o bien, se resolvían a la salida de la escuela. Pero nada de boletas, reportes, ni resentimientos. Las diferencias simplemente se resolvían y se olvidaban.

No todos eran elegibles en los juegos y nadie se ofendía si le tocaba esperar o incluso perder. Tampoco nadie presumía su coeficiente intelectual y quienes no eran muy brillantes hacían su mejor esfuerzo, o sino simplemente volvían el siguiente año y lo repetían. Yo no recuerdo que nadie fuera referido al psicólogo por ello. Todos tuvimos una segunda oportunidad y al final terminamos siendo profesionales sin mayores rollos.

Desde muy pequeños se nos enseñó a superar el duelo. Nos regalaban un pollo de mascota que terminaba en la sopa solo unas semanas después, al conejo lo mataba el perro y el gato se comía el perico. Nos queríamos morir algunas horas, pero aprendimos a superarlo.

Comíamos pan con jalea o margarina, el cual tomábamos con las manos sucias, mientras todos sorbíamos de la misma botella de algún refresco extradulce, pero nadie se enfermaba por gérmenes ni tenía sobrepeso.

Aprendimos los principios de lealtad y nos protegíamos los unos a los otros. Cuando alguno se tomó sus tragos, obvio sin permiso, entre todos lo llevábamos a su casa, lo sentábamos en la entrada, tocábamos el timbre y salíamos corriendo.

Teníamos libertad para tomar decisiones y asumir riesgos controlados. Aprendimos a trabajar desde muy pequeños reconociendo el valor de las cosas y mucho antes de ser adultos aprendimos a asumir las consecuencias de nuestros actos. Fueron tiempos para “aprender haciendo” y la enseñanza era responsabilidad de todos.

Conclusión

Si uno lo piensa un poco, se daría cuenta que en verdad es un milagro el seguir viviendo, si tomamos en cuenta que prácticamente todas esas cosas hoy están prohibidas. Con las nuevas tendencias y entendimientos de la niñez y su formación, no hay manera responsable de que los niños de hoy puedan comprender cómo eran las cosas hace solo unos pocos años. Algunos incluso dirían que fueron tiempos muy aburridos, pero yo digo que quizás fueron los tiempos más felices de nuestra humanidad. Ahora nos corresponde enseñar de forma moderna, aunque quizás valga la pena no sepultar del todo nuestras vivencias pasadas.

3 Comments

  1. Hermosos recuerdos y sin duda fuimos muy privilegiados al crecer en esa época, en ocasiones podemos en nuestro hogar abrir espacios y permitirle a nuestros hijos experimentar algunas actividades de esas, para ellos es “wao eso se podía hacer”, para nosotros era solo la cotidianidad . Gracias por compartirlo

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