Ricos flacos, pobres gordos

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ricos flacos pobres gordosDime que comes y te diré quién eres. Aunque parezca risible, un plato de comida dice mucho más de lo que se cree. En él hay un nivel socioeconómico, una cultura alimentaria, una educación del gusto y la nutrición y ante todo, el resultado de lo que eres.

Hace unos 30 años, estando aun en la escuela, recuerdo que la problemática de interés social, mucho más allá que cualquier otro mal, era la desnutrición. Yo crecí en un pequeño pueblo de las zonas rurales en donde la carencia de recursos obligaba a todos a participar en el abastecimiento de la alimentación a cambio de servicios entre vecinos o regalías de los finqueros como parte del jornal.

Durante los meses de lluvia, que eran la mayoría, la mesa era servida con verduras, queso y leche fresca a todas horas. La verdad no había mucho abastecimiento de carnes más allá de uno que otro animal de granja o silvestre. Y en los tiempos de menor inclemencia, se disponía además de algunos granos y frutas por doquier.

Recuerdo que mi madre hacía referencia a la carne comprada y otros productos empaquetados como alimento de ricos. Hoy quizás pueda pensar que eso parece exagerado, pero esa fue mi realidad y la de una gran mayoría de la población en las afueras de los centros hoy llamados ciudades.

La desnutrición era la “epidemia” global de esos días y aunque la obesidad siempre ha existido, ese era un mal exclusivo de los ricos. Hoy las cosas han cambiado y estamos viendo que esa “epidemia” se invirtió proliferando la tendencia al sobrepeso y la obesidad infantil en toda la población, pero según Patricia Aguirre, antropóloga especialista en alimentación, ahora es un mal más inclinado a los pobres.

Hoy se consume más energía calórica en un solo día en un restaurante de comida rápida, que todo lo que se consumía en mis días en un año entero. Hoy vivimos en sociedades de abundancia permanente, pero de una abundancia salada, grasosa y edulcorada.

Nunca me han gustado los términos “pobre” o “rico”, pero en este tema es importante ilustrar las desigualdades.

Sin generalizar, los ricos pueden están dispuestos a costear algunos lujos: evitan los alimentos procesados, comen mucho menos carne, beben con moderación, consumen mucha más fruta y alimentos frescos, dedican más tiempo para hacer ejercicio, evitan el estrés, vigilan su salud con frecuencia, y no visitan los lugares de comidas baratas. Invierten en salud y educación nutricional; y no se precipitan ante la publicidad engañosa.

Los pobres prefieren invertir sus pocos recursos en el comercio de artículos materiales antes de hacerlo en su salud. Preparan comida de poco valor nutricional, compran productos de baja calidad, prefieren las carnes, premian a sus hijos llevándolos a comer chatarra, no tienen horarios de comida adecuados, visitan lugares de comida rápida. La mayoría no hace ejercicio, no visita al médico para un chequeo frecuente, duerme mal, ingiere mucho más alcohol, se enfrenta a mayor estrés, se educa menos y adquiere cuanta novedad aparezca en la publicidad.

Aunque el nivel económico y social no puede generalizar el comportamiento individual, vivimos en un consumismo absurdo y exagerado; una abundancia que antes de hacernos bien, está produciendo obesidad e infelicidad.

Podríamos citar miles de razones y culpar a todo el mundo por tal situación, en especial más allá de las cuestiones sociales y las posibilidades económicas, pero eso no resolvería el problema. Posiblemente ni siquiera exista una solución definitiva, pero quizás podamos empezar por ser conscientes de nuestra responsabilidad individual y el ejemplo que damos a nuestros hijos.

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